El periodismo ante el 15M

De la noche a la mañana los periodistas han pasado de vigilantes a vigilados. Ellos decidían qué era noticia y qué no, pero ahora, y cada vez más, ellos son la noticia. Se enfrentan a una situación difícil y sin precedentes, una carrera de obstáculos sin meta a la vista.


Si hay un colectivo que, generalizando, observa con cauta suspicacia todo esto del 15M, a parte de la obvia clase política, es el de los periodistas. No es cómoda su situación, ni tienen precedentes a los que acudir en busca de consuelo. Quieras que no, los políticos están acostumbrados a recibir críticas duras y muy duras, lo tienen asumido. Pero los periodistas… por si fuera poca calamidad ser informador de noticias en la era de las redes sociales, para colmo de males resulta que ellos mismos se están convirtiendo en la noticia, y no para bien. No, no debe ser fácil.

Lo cierto es que, salvo contadas excepciones –casi siempre las más honrosas, casi siempre las que menos tienen de qué avergonzarse–, no lo van encajando con entereza. Están en el punto de mira de los indignados, y ellos lo saben. Saben que se les acusa de permisividad respecto al poder político que debían escrutar. Saben que se les acusa de complicidad respecto a los grandes poderes económicos frente a los que debieron haberse interpuesto. Saben que se les acusa de haber convertido en noticia vanalidades, mientras ignoraban las atrocidades que se cometían cada día en las trastiendas institucionales. Lo saben, pero no están dispuestos a reconocerlo. Ni a que se ponga en entredicho, siquiera por un momento, su inmaculada profesionalidad. Así que usan el escaso poder que todavía les queda para retorcerse como gato panzarriba contra quienes les acosan a base de “hashtag”, “meneo” y “me gusta”.

Pero han de ser sutiles, especialmente aquellos que cuentan con una audiencia más proclive a simpatizar con el movimiento. Y hablamos de mucha gente (¿quién no tiene un hijo con estudios universitarios sin salida posible? ¿quién no padece directamente o en carnes cercanas el desastre cotidiano?). A los periodistas les cabrea sentirse acusados, pero se saben vigilados… y contrastados. Los deslices se pagan, y bastante difícil está la cosa como para echar por tierra la credibilidad que les queda. Ignorar o minimizar a los indignados es la opción más inteligente; pero hasta eso acaba cantando, tal y como están las cosas.

En realidad se han quedado sin opciones. Tendrán que tragarse la susceptibilidad y hacer de tripas corazón, porque no tienen otra. En cierto modo, lo único que han de hacer es un poco lo de siempre: aliarse con los más fuertes. Lo que pasa es que ahora los más fuertes no están arriba, sino abajo.

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