¿Está el esfuerzo en peligro de extinción?

Viendo en un programa de televisión a un poeta, a un filósofo y a un profesor escuché una idea que me pareció excelente: “Hay que fomentar la igualdad de oportunidades cuando el niño es pequeño, pero cuando ya es más mayor hay que exigir la aristocracia del esfuerzo”.
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Viendo en un programa de televisión a un poeta, a un filósofo y a un profesor escuché una idea que me pareció excelente: “Hay que fomentar la igualdad de oportunidades cuando el niño es pequeño, pero cuando ya es más mayor hay que exigir la aristocracia del esfuerzo”. En post anteriores he hablado de la educación para la posibilidad, del autocontrol y de la fuerza del hábito, pero hoy me centraré en el valor del esfuerzo, especialmente cuando la tarea tiene sentido. Hay una idea de un pedagogo canadiense que explica cómo los alumnos se desmotivan cuando la escuela deja de ser un lugar para aprender y se convierte en un lugar para evaluar. Efectivamente, los que se encargan de cifrar el fracaso escolar lo hacen sobre resultados y se llega al error de pensar que la falta de esfuerzo es la que está detrás de él. El esfuerzo es un valor educativo más, que puede aprenderse y se puede enseñar de muchas maneras exitosas, aunque el trabajo empírico, el cooperativo y el desarrollo de las voluntades específicas de cada alumno a través de la motivación pueden ser unos buenos puntos de partida. Hay que tener en cuenta que esforzarse no sólo significa trabajar con constancia, sino trabajar con ánimo y vigor para repetirse ante las dificultades: “Sí, puedo”. Pero además de sentirnos capaces de hacerlo hay que cultivar la predisposición por hacerlo bien. A partir de aquí, hablaríamos de la laboriosidad, es decir, que a través del trabajo bien hecho podamos corregir algo o alcanzar un objetivo. Gracias a la laboriosidad podemos conseguir una mayor plenitud personal. Claro, que no se trata de estar muy ocupados, porque se puede estar gastando el tiempo en una actividad sin alcanzar ninguna meta, lo que sería una pérdida de tiempo. Decía Churchill que “El mayor mal de nuestro tiempo es que los hombres quieren ser importantes pero no útiles”. Precisamente, trabajar con laboriosidad supone ayudar a que seamos más eficaces y productivos, de forma que nos sintamos más satisfechos de lo que hacemos, porque lo hemos hecho con ganas y diligentemente.