Idiocracia

Fernando Marcet Manrique Ayer tuve ocasión ver la película "Idiocracia" (la pueden ver completa si pinchan en el enlace), y no pude evitar interpretarla en clave insular. La historia que se narra es la siguiente: Un tipo mediocre es seleccionado, precisamente por su mediocridad, para un experimento. Dicho experimento consiste en meterle en un sarcófago durante un año, para estudiar la viabilidad de la hibernación con humanos.


idiocracia

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Fernando Marcet Manrique

Ayer tuve ocasión ver la película “Idiocracia” (la pueden ver completa si pinchan en el enlace), y no pude evitar interpretarla en clave insular. La historia que se narra es la siguiente: Un tipo mediocre es seleccionado, precisamente por su mediocridad, para un experimento. Dicho experimento consiste en meterle en un sarcófago durante un año, para estudiar la viabilidad de la hibernación con humanos. Pero algo va mal y el personaje permanece dentro del sarcófago durante quinientos años. Cuando por fin sale se encuentra en un inframundo decadente, fruto de la evolución inversa que ha resultado de que los individuos más ineptos e incapaces de la especie hayan sido los más favorecidos a la hora de procrearse y prosperar. Tanto es así, que el mediocre acaba revelándose como el ser humano más inteligente del planeta en aquel momento.

Obviamente, la película es una caricatura. Pero no deja de tener cierto fundamento, especialmente si vemos lo que ha venido sucediendo en España, en Canarias y en Lanzarote particularmente.

¿Quiénes son los empresarios más poderosos? ¿Quiénes son los políticos que ocupan los más altos escalafones? ¿Quiénes son, en definitiva, los que por su posición y poder económico manejan el timón y nos llevan proa al marisco desde hace mucho?

En cuanto a los políticos, tenemos que para ascender en la jerarquía de los partidos tienes que demostrar ciego fanatismo por la causa, patética sumisión respecto a los que están por encima de ti y una mediocridad que garantice ausencia de amenaza alguna en relación con tus compañeros de partido, que prefieren tener alguien tonto y manejable en la cima, antes que alguien inteligente y con criterio propio.

En cuanto a los poderes económicos o fácticos, tenemos personajes que en su mayoría no superaron la educación primaria, que se vieron con millones porque, sí, se lo curran, le echan horas al tema, saben manejarse y hacer contactos. Algunos heredaron tierras, o empresas familiares, otros resultaron beneficiados por decisiones políticas, otros se lo supieron montar asociándose o afiliándose a partidos políticos. Hay de todo, pero la norma es que se trate de gente sin una base cultural rica que les permita ponerse en el lugar de los demás. Por lo mismo carecen de imaginación o de creatividad para hacer algo distinto a lo que han venido haciendo, y cuando ven peligrar sus negocios prefieren, como tontos que son, dar golpes a diestro y siniestro, negar la realidad y ponerse las anteojeras para cargar ciegos contra todo lo que se mueve. No saben ceder, porque no es así como se lo montaron, de modo que prefieren las querellas y los sobornos antes que el diálogo. Su estupidez es tan grande que no les importa tener veinte años más un espacio como el islote del Francés abandonado y deprimido, sin sacar a esas tierras ni un sólo euro de beneficio, antes que llegar a un compromiso o acuerdo de mínimos con el Ayuntamiento.

Pero es que todos estos, políticos y empresarios, no son sino la punta de un iceberg enorme. Ellos son la avanzadilla, los representantes de la desidia y el pasotismo de una población que no quiere involucrarse, porque desde la barrera los toros se ven mejor. Te dicen que pasan de la política, que son todos unos ladrones y unos golfos, y acto seguido vuelven a lo suyo como si tal cosa. Piensan que con una protesta, con una crítica o con una queja ya han cumplido, y se quedan tan frescos, resignados ante la decadencia creciente que les rodea. Para negar la realidad se refugian en el ocio o en los botellones (en los que, por supuesto, nunca se habla de política). Piensan que las cosas se arreglarán o irán a mejor por alguna suerte de providencia. Las cosas no están tan mal como para que haya un movimiento popular capaz de revolucionar algo, así que seguiremos dejándonos arrastrar por la inercia de las cosas, tratando de consolarnos con nuestras pequeñas y ocasionales felicidades cotidianas.

En resumen, el panorama es bastante desolador, y sí que parece que dentro de quinientos años, si seguimos sobre el planeta, la involución inversa que venimos sufriendo acabará por conformar una humanidad completa y radicalmente idiota.

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