Mientras la ministra de sanidad anuncia un recorte de 1.500 millones de euros "sin merma en la calidad del servicio", en Lanzarote asistimos a la racionalización de los convenios suscritos por los trabajadores con Inalsa o los CACTs.


El término “saqueo” no es tan exagerado como pudiera sonar en un principio. A lo largo de los últimos lustros, España se ha ido convirtiendo en el paraíso del funcionariado. Un lugar en el que obtener un puesto de trabajo en cualquier administración o ente público es un chollo sin parangón. Cada legislatura, previa amenaza de huelgas preelectorales, los diferentes colectivos de trabajadores públicos han ido mejorando sus convenios, mientras la precarización profundizaba en el resto del espectro laboral. Así es como se fue gestando una brecha cada vez más palpable: la brecha que separa a los trabajadores con salarios prorrateados, mal pagados, con contratos lesivos que muchas veces ni siquiera se cumplen en el sector privado, de los funcionarios con privilegios que el resto de mortales ni sueña.

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Las 17 pagas que goza la plantilla de Inalsa es un buen ejemplo de esto que decimos. 17 pagas, cuando en Lanzarote afortunados son los que, no siendo autónomos, cuentan con las 14 pagas prorrateadas para un salario que apenas llega a mileurista. Bolsas de viaje, días festivos que se guardan si caen en fin de semana, bajas indefinidas que se pagan eternamente… la lista de derechos adquiridos es interminable y hace que, lógicamente, la mayoría de empresas públicas o administraciones sean insolventes e insostenibles.

Pero parece que con la crisis, como de donde no hay no se puede sacar, los funcionarios no van a tener más remedio que ceder. Además, saben que ya no cuentan, como antaño, con la complicidad del resto de población. Saben que si se ponen en huelga o si reivindican nadie les va a secundar. Y nadie les va a secundar porque durante todo este tiempo, mientras ellos mejoraban su situación gracias a la presión a la que sometían a los políticos con sus sindicatos, jamás se preocuparon por evitar el deterioro del resto. Un resto que, naturalmente, no tenía su fuerza por no poder presionar directamente a los políticos como ellos. Si lo hubieran hecho, si a medida que mejoraban su situación hubieran luchado por mejorar también la del resto, posiblemente hoy las cosas serían distintas.

Si los cámaras de televisión, gracias a los sindicatos, gozaran de los mismos derecho que ellos tienen. Si los periodistas, si las cajeras de supermercado, si los mecánicos o los tenderos tuvieran sus mismos privilegios, hoy contarían con el apoyo de todo el mundo. Además, seguramente si ese fuera el caso la crisis sería mucho menor, al haber más población con mayor poder adquisitivo. Pero no, se han comportado como la cigarra del cuento. Han barrido para casa mientras las hormigas hacían todo el trabajo, y ahora no pueden pretender que nadie les ayude ni apoye. La simpatía se gana en tiempos de vacas gordas.

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