La estrategia del PSC. El fin del Statu Quo

Fernando Marcet Manrique No es un debate nuevo. A nadie se le escapa que desde la llegada de Juan Fernando López Aguilar a la Secretaría General del Partido Socialista Canario, el panorama político del archipiélago ya no es el mismo. En Lanzarote, además, dicha llegada coincide en el tiempo con la preponderancia de otro hombre muy en su línea: Carlos Espino.
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Fernando Marcet Manrique

No es un debate nuevo. A nadie se le escapa que desde la llegada de Juan Fernando López Aguilar a la Secretaría General del Partido Socialista Canario, el panorama político del archipiélago ya no es el mismo. En Lanzarote, además, dicha llegada coincide en el tiempo con la preponderancia de otro hombre muy en su línea: Carlos Espino.

Básicamente, lo que han hecho estos dos hombres, uno a nivel regional y otro a nivel insular, es romper el tradicional Statu Quo que durante tanto tiempo se estiló por estas islas nuestras. Ya saben, aquello de “tú miras para otro lado con lo mío y yo hago la vista gorda con lo tuyo”. Eso en Canarias, y particularmente en Lanzarote, está complicado hoy por hoy. Sólo por darse tal circunstancia, y al margen de otras consideraciones, jamás he ocultado mi simpatía relativa hacia ambos. Para alguien tan “antipartidos” como yo (valga el neologismo), que siempre ha considerado ese tácito entendimiento entre formaciones políticas aparentemente antagónicas uno de los peores cánceres que padece nuestro sistema, estos dos personajes representan una novedad que me ha devuelto, en parte, la ilusión de que no todo está perdido.

Si Carlos Espino, cuando se encontró con esas irregularidades del sur, en vez de ir con las pruebas a la fiscalía hubiera decidido mirar para otro lado o incluso negociar a escondidas un ventajoso acuerdo personal con los hoteleros, hoy seguramente sería un hombre inmensamente más rico y con una imagen pública inmensamente más popular. Prefirió seguir el camino complicado.

Si Juan Fernando López Aguilar, cuando se hizo con el máximo cargo dentro del organigrama socialista canario, hubiera decidido moderar su discurso y seguir una línea más en sintonía con quienes le precedieron, hoy es posible que fuera presidente del Gobierno de Canarias. También prefirió andar el camino complicado.

Pero claro, su particular elección no está exenta de dudas razonables. Al actuar de ese modo no sólo se han granjeado numerosos enemigos dentro y fuera de sus filas, sino que han magnificado el frentismo y también el sectarismo en nuestra sociedad. No son pocos quienes vislumbran en ambas posturas cierta pose forzada, una suerte de superioridad moral que les lleva a dividir el mundo entre buenos y malos, donde los buenos, siempre e inevitablemente, son ellos. Una pose tanto más ridícula en cuanto hablamos de dirigentes de un partido con un pasado repleto de corruptelas y chanchullos imposibles de obviar. Un partido por el que, aun hoy, pululan gran número de personajes a los que calificar de “moralmente tibios” es hacerles un favor.

Además, han colocado al PSOE en una posición estratégicamente bastante complicada. Tanto en Canarias como en Lanzarote, el Partido Socialista se ha quedado sin aliados, y por tanto sin posibilidad de gobernar salvo que los ciudadanos decidan entregarles una mayoría absoluta que se antoja bastante complicada. La apuesta es dura, un todo o nada que les llevará a gobernar en solitario o a no gobernar en absoluto.

Ahora bien. ¿Quiere esto decir que llevan razón quienes tildan no ya de equivocada, sino de desastrosa, la visión política de ambos Secretarios Generales? Admitirlo es admitir que lo razonable es entender la política como un sútil arte en el que lo importante es pensar en los pactos con las otras formaciones de cara a copar cotas de poder, sin ir mucho más allá. Admitirlo es reconocer que en política se debe renunciar a llamar a ciertas cosas por su nombre y a no ir demasiado lejos en la crítica a los adversarios, no vaya a ser que a estos les de por aliarse contra ti. Admitirlo, en definitiva, es dar carta de naturaleza al Statu Quo mencionado al principio. Tú miras para otro lado con mis cosas y yo miro para otro lado con las tuyas.

No, yo no creo que las de Juan Fernando y Carlos sean visiones equivocadas. Más al contrario, creo que son insuficientes. Ese mismo radicalismo sin concesiones deberían aplicarlo en su propio seno, aún con más contundencia si cabe. Mientras no sean capaces de purgar de sus filas toda la podredumbre que subyace en los resquicios más insospechados de la estructura de su partido, sus discursos moralizantes de puertas para fuera carecerán de peso y pasarán por meros brindis al sol o presunciones de opereta.

No obstante, me gusta considerar lo presente como un principio de algo. El principio del fin de una forma de hacer política perniciosa y corruptora como pocas. En Canarias, y fundamentalmente en Lanzarote, hacía falta que pasara algo así. Hacía falta que se rompieran los viejos pactos y los viejos compadreos. Gracias a ello está saliendo a la luz lo que está saliendo, y gracias a ello ha de salir todavía mucha más basura a la superficie. Lo que hace falta es que los contrincantes del PSOE, en lugar de cerrar filas y arrejuntarse entre sí, decidan pagar al PSOE con su propia moneda, y denuncien en la fiscalía aquellos chanchullos de los que ellos tengan constancia. Sólo de ese modo la limpia será completa. Son demasiados años acumulando mierda bajo la alfombra, es inevitable que la mera idea de recogerla ahora, dé pereza y hasta apuro. Pero si tiene que hacerse, ha de hacerse. Flaco favor hacen a la sociedad presente y futura quienes alzan sus indignados arrebatos demandando la vuelta a las viejas formas, las mismas viejas formas que han hecho de Canarias una de las comunidades más corruptas de España, y por tanto de Europa.

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