Licencia para hablar

De la primera licencia de Onda Media de Gran Canaria al desconsuelo de los cierres, la precariedad laboral y la incertidumbre en el futuro de cientos de profesionales. La historia reciente de los medios de comunicación locales contada en primera persona.
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Empecemos por el principio, es decir, por la prensa escrita, a la que se le suma, a comienzos del siglo XX, el soporte sonoro de la radio. Entonces todavía muchos no sabían leer ni escribir y las voces de sus protagonistas envolvían sus vidas cotidianas con música variada y dedicada, soflamas políticas, culebrones cargados de efectos especiales, concursos, desfile de artistas locales y la publicidad incipiente que ya quedaría instalada definitivamente en nuestro subconsciente consumista. Tarea de pioneros, sin duda.

En la primera y única emisora de Onda Media en Las Palmas de Gran Canaria trabajaron mis padres, así que hablo con conocimiento de causa. Se convirtieron en personas singulares y consiguieron un hueco prominente en la sociedad de su época. Y así me eduqué yo, con ese amor desmedido por la radio y cumpliendo con el dicho “De tal palo, tal astilla”. A mí me tocó inaugurar las primeras y únicas FM legales de Canarias (de esto hace ya 29 años) que competían duramente por robar oyentes muy consolidados de las pocas pero importantes emisoras de OM. Y a fe que lo conseguimos, con espontaneidad, cercanía y 24 horas de emisión exclusivamente local. Estas primeras y únicas concesiones (hablo de la capital canariona) fueron gestionadas por un potente grupo editorial que vendía periódicos como rosquillas.

Coincidiendo con el aperturismo democrático y con una empresa en plena expansión, pude estar, con contrato fijo por supuesto, en el florecimiento de la, entre comillas, “libertad de expresión”. Los profesionales nos conocíamos al detalle y fuimos construyendo nuestro futuro vital en la certeza de haber consolidado un oficio. Las grandes, medianas y pequeñas empresas se anunciaban a bombo y platillo, mientras que la publicidad institucional quedaba suscrita a los periodos electorales. De esa época guardo el aprendizaje de grabar cuñas como churros. A la sombra de esas primeras y únicas concesiones nacen las radiofórmulas y los más atrevidos, con ganas de montárselo por su cuenta, abren emisoras para llevarse también su parte del pastel. Pronto aprendimos la palabra: alegalidad, es decir, tu organizas el chiringuito y lo pones a funcionar mientras no te digan lo contrario. Cada vez las radios eran más y más localistas y algunos del Medio fueron confiándose en la esperanza que el mapa de las frecuencias terminara por definirse. Tuvo que ser una papa caliente, porque si no, no se explica tanto retraso que ha terminado haciendo un daño terrible al sector.

A este despropósito de aperturas alegales se unieron no pocos ayuntamientos canarios. Mientras las islas se hacían de oro vendiendo Sol y playa, los nuevos empresarios tuvieron a bien meter sus perras en los medios de comunicación. Compraron equipos, micrófonos lustrosos con el logotipo correspondiente, alquilaron un pisito céntrico y contrataron a personal con experiencia o por formar, aquí lo importante era mantener a raya a los gobernantes de turno. Se llenaron las facultades de periodismo, nos llenamos de oferta informativa de toda índole y en esos años se formaron plantillas que permitió a todos, o a casi todos, firmar nuestras hipotecas. Había tanto donde elegir, que en uno o dos momentos de mi vida, me permití el lujo de cambiar de empresa, sin miedo al vacío laboral. Los responsables públicos de este desmán visitaban nuestros estudios, conocían nuestros nombres, tomaban café con el jefe.

A comienzos de los 90 se produce el fenómeno de la televisión privada que trajo en poco tiempo a las populares teles locales. Menuda novelería. No hay cama pa` tanta gente. Un década después las publicaciones digitales (que pueden montarse con un ordenador y alguien que sepa manejarlo) cierran el círculo de los pequeños imperios mediáticos. Todo alegal, claro está, pero a nadie parecía importarle. Consintieron en ese intervalo la creación de empleo estable, consolidar nuestras vocaciones, formarnos con la máxima precariedad compensada por la mayor ilusión, y les fuimos muy útiles para manejar sus intereses. Pensé: Nadie puede tolerar tanto crecimiento, si no se prevé legalizar todo, o casi todo.

Pero llegó la hecatombe: Igual que abrieron, cerraron. La sospecha de apaño en los concursos públicos ha ido retrasando la agonía y cuando dijeron no a algunas licencias de teles locales, poco les importó que estuviera muchos años funcionando ni que hasta hace bien poco entraran en sus instalaciones como Pedro por su casa. ¿Por qué una que ni existe sí y otra consolidada no? ¿Cómo se atreven después de tanto tiempo? ¿Porqué no fue regulado en su momento? Ahora los currantes hemos salido perdiendo. Precariedad, incertidumbre, nadie se ocupa de nosotros…

La ansiada concesión de licencias de radio llega, sin gobierno constituido tras el 22-M, dicen que de forma provisional, a falta de otros trámites. Y ocurre lo mismo, alguna, con años de bagaje y personal en regla, no cumple las premisas para los que durante todo esta desnudez legal miraron hacia otro lado. Un colega, con mucho trabajo a sus espaldas comentó en la red social que se había convertido en un Atila digital: Por donde pasaba, no crecían las licencias. No, Jaime, eres un superviviente digno y esforzado, es la incapacidad quien lo arrasa todo. Al menos, que nos dejen licencia para hablar.