No me digas conspiranoico, llámame realista (sobre lo de Bin Laden)

La palabra de Obama y la hora de emisión, en máxima audiencia, son las únicas pruebas que por el momento tenemos de la muerte, anoche, de Osama Bin Laden. De resto nos quedan más dudas que certezas. Pero más allá del espectáculo mediático existen dos evidencias: Occidente tiene miedo y Oriente pide cambio sin tutelas. Y puede que Bin Laden no fuese el único instigador del integrismo.


1. Será cuestión de personalidad, pero no soy de los que dan pábulo a cualquier versión conspiranoica de las cosas, entendido esto como la afición de buscar maquinaciones, bulos, manos negras y rebúsquedas tras cualquier hecho. Tiendo a creer en las buenas intenciones y sé que la línea más corta es la recta. No pienso que vaya a morir arrollado por un tsunami, despedazado por una bola incandescente adivinada para 2012 por una profecía maya ni como daño colateral de un desastre nuclear inminente. Más bien al contrario, tiendo al imaginar que el final suele ser más prosaico que la propia vida y que lo más emocionante que me pueda pasar para entonces es que me encuentren un sitio a la sombrita en San Román.

Soy un ingenuo o un simplista, si a ustedes gusta. Ahora, una cosa es ser crédulo y otra tragarte lo que te echen sin que el cocinero se preocupe si quiera en ponerlo picadito, ya no en papilla o compota como se le da a los chinijos.

Si Barack Obama tuvo que mandar a los medios de comunicación su partida de nacimiento hace una semana para mostrar a sus compatriotas que nació en Honolulu, Hawai, Estados Unidos, y no en la Conchinchina como dicen sus opositores y creían el 75% de los norteamericanos, a mí que no pidan ejercicios de fe ciega hacia lo gringo. Y eso que la Constitución norteamericana pone clarito en su artículo 2 que es condición indispensable para ser presidente del Imperio haber nacido allá. Pues aun así hubo que darles pruebas a los de Kentucky y Michigan porque no se lo podían de creer, según una encuesta de la CNN. No me exijan a mí entonces que ponga la mano en el fuego por lo que desde allá cuenten, cuando solo chapurreo inglés, y soy de El Puerto.

Así las cosas, yo no es que me crea ni me deje de creer que Osama Bin Laden fuese abatidoanoche mientras paseaba por Abbotabad, a 60 kilómetros de la capital de un supuesto aliado como Pakistán. Es que tengo las mismas razones para hacerles caso como para tomármelo a risa, si la cosa no fuese seria.

Las evidencias del homicidio se reducen a las palabras del presidente Obama -el de la partida de nacimiento-, sumado a la buena suerte de que la defunción del de Al Qaeda se produjo, o al menos se conoció, hacia las 9 de la noche según huso horario de la costa este de EE.UU. La regla televisiva manda que lo más importante siempre debe ocurrir a la hora de máxima audiencia, mientras los brujos, teletiendas, concursitos y otros timos son para la madrugada. Así pues, convengamos: la confianza que nos produzca Obama y la oportunidad horaria son las dos evidencias más solventes que confirman el fallecimiento a tiros del yemení.

Por cierto, que en las declaraciones del presidente norteamericano, esas palabras que son testimonio casi exclusivo de que la expiración del yihadista es cierta, Obama dijo en tono solemne que “se había hecho justicia”. Justicia. La palabra puede parecer grande cuando de lo que se trata es de un tiro en la cabeza a la zorruna. Un tiro sin mediar palabra es ley de la selva, acto de guerra, venganza o norma del Talión. No pasa nada, estamos acostumbrados. Pero no nos digan que tienen algo que ver con el sentido que evoca la palabra Justicia. Intente al menos, don Barack, cuidar las palabras, si no quiere que nos acongojemos planetariamente.

Ahora permítanme mostrarles algunas dudas que aun me quedan, a pesar de este día de bombardeo informativo, sobre el asuntito: ¿No valdría más Bin Laden, supuesto líder de una red de redes capaz de tirar rascacielos en Nueva York, volar trenes en Madrid, metros en Londres y edificios en Casablanca, vivo que muerto? ¿Se quedan satisfechos sin hacerle al menos alguna pregunta, tan dados como son al interrogatorio? ¿Se pasan 10 años buscando a un tipo y cuando se lo encuentran, vivo o muerto, no le sacan ni una fotito, para que nos quedemos tranquilos? A ellos, que retransmitieron en directo las dos guerras de Iraq y nos enseñaron las entrañas de Sadam, ahora en estos tiempos de las cámaras digitales y el Facebook, ¿no se les ocurrió la idea? ¿Y por qué lo botaron al mar de manera tan precipitada? ¿Para cumplir un precepto islámico? ¿Qué rito islámico se practica en el Pentágono? Le pregunté a mi amigo Bachir, el de la tiendita de Calle La Inés y me dice que de eso nada, que los musulmanes se entierran como todo hijo de vecino. ¿Y qué es eso de “enterrarlo en el mar”? ¿Se puede? ¿No es una contradicción en su esencia? ¿Por qué la RAE no saca una nota aclarando que las cosas en el mar no se entierran sino que se sumergen, si es que no flotan? ¿Y no estaba Bin Laden en el imaginario colectivo metido en una cuevita de Afganistán, atrincherado con los suyos cuales cavernícolas con munición? ¿Cómo es que andaba paseando por Paquistán, cerquita de la Cachemira, y en su muerte no cayeron víctimas civiles ni militares?

Señor Obama, si querían dejarnos con la mosca detrás de la oreja les ha salido de fábula.

2. Pero no me llamen conspiranoico. Las preguntas, por muchas que sean, cuando son retóricas o faltas de respuesta, como es el caso, tienen poco recorrido. De lo contrario nos podríamos enfrascar en la eterna duda histórica de si es casual que EE.UU. consiga siempre una excusa en el momento adecuado y en el lugar preciso para hacer lo que le conviene. The right man in the wrong place, que dicen los de allá. Nosotros les diremos que si se les hundió el Maine fue porque querían entrar en la guerra de Cuba para ganarla; que si les torpedearon el Lusitania lo aprovecharon para entrar en la I Guerra Mundial y ganarla, y que si hubo un ataque a Pearl Harbor fue para entrar en la Segunda y hacer lo propio. Que ellos nos dirán que no, que el indio disparó primero y por eso tuvieron que arrasar por el Oeste. Y llévele usted la contraria.

Visto que los americanos son atinados para las alegres casualidades –alegres para ellos-, dejemos la anécdota hipermediática de Bin Laden tiroteado con toda la purpurina que lo rodea y hablemos de lo que hay, de lo que pasa, del mundo en el que estamos y nos tocará vivir, que es lo importante.

Ya nos han dicho que el mundo no es más seguro hoy que ayer, día en el que el malo malísimo andaba todavía de compras por Paquistán en el Día de la Madre. Al contrario, el mundo es más peligroso, nos dicen, porque hay miedo a represalias, se han activado la alertas y ya está a pleno rendimiento el sucesor de Bin LadenAl Zauahiri-, que es infinitamente más malo que el primero.

Lo importante, pues, para el “mundo occidental” es que seguirá siendo un mundo de miedos, mucho más fácil de controlar pero incómodo de vivir. Un mundo de temores y timoratos en el que la pérdida de libertades individuales y colectivas, los limbos jurídicos tipo Guantánamo o las barbaries en nombre de no se sabe qué tipo de libertad y justicia, con pingües beneficios para la industria armamentista, serán igual o más justificables que antes del fallecimiento sin exequias de ayer noche. [quote]

Mientras, quizá también por casualidad, el ámbito del Islam es un mundo en ebullición, caliente en mitad de unas revoluciones que, al menos hasta ayer por la noche, muchos mirábamos con esperanza. En los últimos meses habíamos descubierto que el verdadero antídoto contra el integrismo fanático no eran las operaciones militares con nombre de película de acción hollywoodiense, sino la fuerza de unas masas populares, de jóvenes que se rebelaban y se siguen rebelando por la democracia, la justicia social y las verdaderas libertades. Esos son los que han puesto un gobierno paritario en Túnez, y no los militares americanos o españoles que se siguen cruzando con mujeres en burka por las ocupadas calles de Kabul. Hemos sabido que el alimento del integrista no es un vídeo al año que un supuesto Bin Laden lanzaba desde la cuevita de atrezzo, sino los sátrapas desvergonzados que niegan el pan y la voz a sus pueblos mientras coquetean con unos líderes occidentales que los miman a cambio de negocio para las multinacionales. Hemos sabido que los verdaderos Bin Laden, los instigadores de la rabia a base de tiranía, son Mohamed VI, Ben Alí, Mubarak, Al Asad y otros tantos ungidos por Occidente, esos que departían con los mandamases de Francia, Alemania e Italia o se sentían como de la familia al entrar en la Zarzuerla.

El mal llamado “mundo oriental” –que es el mismo que el nuestro porque siente, sueña, pasa hambre y usa Facebook como nosotros- está cambiando y lo mejor era que lo quería hacer con sus propias manos, con sus propias voces, con sus  ritmos y sin tutelas. Esa era la realidad, compleja pero feliz hasta ayer por la noche, sin conspiranoias.

Lo del tiroteo, el entierro marítimo, los yankees festejando frente a la Casa Blanca, la “justicia” del tiro a bocajarro, las alarmas, el miedo… esos son ingredientes de una mala peli norteamericana cuyas consecuencias, para “Oriente” y “Occidente”, aun están por calibrarse. Que Alá nos coja confesados.

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