Opinión

La droga es buena: consume y calla

Escuchaba noches atrás en la radio del coche a tres o cuatro candidatos de partidos distintos y teóricamente distantes coincidiendo, todos a una, en la necedad (necesidad, quise decir) de ir a votar. ¿Argumentan el por qué? Sí: hay que ir a votar porque sí.
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Escuchaba noches atrás en la radio del coche a tres o cuatro candidatos de partidos distintos y teóricamente distantes coincidiendo, todos a una, en la necedad (necesidad, quise decir) de ir a votar. ¿Argumentan el por qué? Sí: hay que ir a votar porque sí. O sea, porque lo dicen ellos. Ellos y la periodista que presentaba el presunto debate, que puso incluso más pasión que los propios políticos en invitar a los oyentes a que vayan a votar… porque sí. No hay que olvidar que la periodista también está en el mismo negocio: los partidos por los que se presentan los mencionados candidatos ponen publicidad en su medio. Total, todos se retroalimentan… con el dinero de otros, incluyendo ahí a los abstencionistas. Negocio redondo.

Ahora hagamos un ejercicio de imaginación elemental. Periodismo-ficción, si quieren. Supongamos que en lugar de tres o cuatro candidatos a las elecciones del 22 de mayo, la “democrática” periodista (que jamás ha invitado a su programa a alguien que abogue por la abstención, casualmente) invita una noche a tres o cuatro personas relacionadas con el tráfico de drogas. Igual que los políticos o los fundamentalistas del voto afirman interesadamente que hay que votar porque sí, los narcotraficantes dirían, con la misma razón interesada, que consumir drogas es bueno… porque sí. ¿Qué iban a decir, si les va en ello el negocio del siglo? Si quieres vender la burra en la feria, tienes que hablar bien de ella aunque el animal se esté cayendo a cachos, como el mismo sistema democrático español, corroído por la corrupción, valga la redundancia. A los consumidores potenciales de droga se les podría hablar con el mismo lenguaje que a los votantes potenciales: “Prueba (vota), es gratis. Ya te lo cobraremos luego (en asesores, en autosubidas de sueldos, etcétera)…”

Hagámonos ahora unas preguntas igual de elementales que el ejercicio anterior. ¿Saben los electores potenciales de Lanzarote que, digan lo que digan las urnas después del 22-M, el grueso de los pactos ya están amañados de antemano, y que por lo tanto su voto es todavía más inútil de lo habitual? ¿Conocen el pequeño detalle, por ejemplo, de que partidos teóricamente tan distintos ideológicamente como el PSOE y el PNC tienen a una misma persona llevándoles su campaña en la sombra? ¿Saben por qué está tan tranquilo y contento Mario Pérez –y otros como él- pese a que su partido no lo ha incluido en ninguna lista electoral? ¿Intuyen los que están llamados a las urnas por qué en estas fechas de vísperas electorales hay tantos periodistas convertidos en simples o simplones publicistas de las principales siglas políticas? ¿El electorado puede ser manipulado si los medios de comunicación se convierten en voceros continuos y constantes de los bocazas públicos e impúdicos? ¿Imaginan en cuánto subiría el porcentaje de abstención si se prohibiera en Lanzarote, la isla históricamente más abstencionista de toda Canarias desde los albores democráticos, cualquier clase de voto interesado o cautivo? ¿Les cuesta creerse que el voto en blanco es en el fondo, y en la forma, una convalidación de todos los partidos y una aceptación o un respaldo al mal uso de la democracia que hacen todos ellos? ¿Por qué repiten todos los políticos ese otro grito unánime de “vayan a votar, aunque sea en blanco”? ¿Adivinan quiénes son los únicos ciudadanos que no tienen derecho al secreto de voto; serán por casualidad los apestados e incómodos abstencionistas? ¿Por qué será que nadie recuerda, justo al día siguiente de las elecciones, el porcentaje de votos en blanco y todos los políticos recuerdan a la perfección, incluso años después de las elecciones, el porcentaje de abstención? ¿Decide algo el elector que vota por una lista cerrada, confeccionada exclusivamente por el mandamás político de turno (véase el caso del PP, con José Manuel Soria decidiendo hasta el último candidato del municipio menos poblado de Canarias)? ¿Qué buscan con tanto anhelo tantos profesionales en unas elecciones que son capaces de provocar milagros como el de ver cómo una veterana “miembra” del PIL, apodada como La Mudita por su constante negativa ante la prensa a dar cuenta de su gestión (si la hubiera o hubiese), a recuperar de repente la voz y ponerse a gritar como una posesa en la reciente reunión de su partido donde se decidió que ella no iría esta vez en las listas?

No, ninguna droga puede ser buena cuando está claramente tan adulterada. Y además te saldrá muy cara.