Pon un troll en tu vida

Cuando escribía en La Opinión de Lanzarote, hace ya unos añitos, tenía un par de usuarios anónimos que usaba para discutir conmigo mismo en los comentarios. Era una forma de dar vida a los artículos y además me parecía un buen ejercicio personal defender dos puntos de vista completamente opuestos sobre diferentes cuestiones. Eran otros […]
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Cuando escribía en La Opinión de Lanzarote, hace ya unos añitos, tenía un par de usuarios anónimos que usaba para discutir conmigo mismo en los comentarios. Era una forma de dar vida a los artículos y además me parecía un buen ejercicio personal defender dos puntos de vista completamente opuestos sobre diferentes cuestiones.

Eran otros tiempos. Tanto a título personal como colectivo. Tenía un buen trabajo, más o menos estable, y tiempo libre para dedicarlo a lo que yo quería. No había crisis, ni esa sensación de urgencia que existe hoy en día… esa necesidad de cambiar las cosas. Me podía permitir el lujo de echarle horas a un entretenimiento como ese.

El caso es que aquel ejercicio, mientras lo practiqué, me sirvió para desdramatizar mis verdades. También me hizo comprender que cualquier posición se puede defender, que puedes hacer que cualquier postura parezca más o menos razonable si usas las palabras adecuadas.

Pensemos en los abogados, los políticos, los publicistas, los periodistas del PP… la mayoría de todos ellos buscan argumentos para promocionar algo que están obligados a defender o vender de antemano, sea un cliente, su partido, un producto. Pero es que la mayoría de nosotros hacemos lo mismo. Rara vez nuestras posiciones personales son consecuencia de un análisis más o menos complejo. Primero nos posicionamos y luego buscamos argumentos apropiados (o los tomamos prestados de otros en cuyo criterio confiamos) para defender nuestra posición. Sin embargo, creo que nos iría mucho mejor, tanto personal como colectivamente, si jugáramos a llevarnos la contraria con cierta frecuencia.

Imaginen que cada uno de nosotros tuviéramos un troll creado por nosotros mismos. Un “antinosotros” que nos obligara a buscar argumentos que dieran la vuelta a cada una de nuestras posiciones. Estoy por asegurar que si una costumbre de este tipo se extendiera, los conflictos se reducirían considerablemente.

No obstante, este ejercicio también tiene un peligro. Y es que sus practicantes pueden llegar a caer en el cinismo más detestable. El hecho de que dos posturas antagónicas se puedan defender argumentalmente no significa que las dos sean correctas. O que no exista ni el bien ni el mal. Puedes defender a un violador pederasta, buscar argumentos que justifiquen sus acciones ante un jurado, pero no hasta el punto de que consideres a tal bestia inocente o incluso buena persona.

Pero aun teniendo en cuenta estos riesgos, sigo considerando que los beneficios serían mayores que los prejuicios. Lo que pasa es que vivimos en un mundo que va demasiado rápido, con poco tiempo para los análisis o las introspecciones. Si fuéramos capaces de parar un segundo y considerarlo un momento, advertiríamos lo positivo que sería poner un troll en nuestras vidas.