Optimista, porque yo lo valgo

Leyendo la noticia sobre David Rivas, el primer europeo que consigue aprobar un carné de conducir únicamente utilizando los pies, me ha venido a la cabeza el artículo que hace unos días escribía en El País, Ramón Muñoz, titulado Optimistas a la fuerza, pase lo que pase.


Leyendo la noticia sobre David Rivas, el primer europeo que consigue aprobar un carné de conducir únicamente utilizando los pies, me ha venido a la cabeza el artículo que hace unos días escribía en El País, Ramón Muñoz, titulado Optimistas a la fuerza, pase lo que pase. Hoy voy a utilizar mi positivismo para no mandar a tomar vientos a este señor. Me limitaré a decir que no me representa, y supongo, que hay ejemplos como los de Rivas que demuestran, que una dosis de optimismo ante la adversidad no puede considerarse una pseudoideología infantil, como si procurar activar nuestras emociones hacia lo positivo nos excluyera de tener los pies en el suelo y ser realistas. ¿Acaso David Rivas, que nació sin un brazo y con el otro atrofiado, es infantil o ingenuo al pensar que podía conseguir conducir con sus extremidades inferiores cuando nadie lo había logrado antes en Europa? ¿O es un luchador que por amor propio, disconformidad y con mucha voluntad ha logrado superarse? Coincido en que, en ocasiones hay que ser racionales y pragmáticos, y que no se puede abocar a la gente a sentirse bien cuando está aquejado de una enfermedad grave o de una discapacidad que le impide llevar una vida sin esfuerzo. Como decía Serrat cada uno manda de su epidermis para dentro, así que todo el mundo tiene derecho a sentirse mal, a considerarse una víctima o incluso a ahogarse en un vaso de agua, porque hay muchas cosas que nos debilitan. Sin embargo,  y teniendo en cuenta el artículo de Muñoz, no creo que ser optimista suponga vivir en una burbuja, aislado de la realidad, sin sufrir altibajos,  sin percatarnos de que todo tiene una cara y una cruz.  Supongo que hay optimistas de muchos tipos y por diferentes motivaciones: Unos lo serán por alivio, por supervivencia, por generosidad con los seres queridos o incluso por higiene mental. Otros preferirán serlo por autoengaño, por terapia o por seguir una moda Zen. Particularmente, apelo a un optimismo inteligente, es decir, a ese que surge como una variable protectora cuando se produce  lo que  Michael Rutter llama puntos de inflexión en la vida de un individuo. Es decir, esos hechos o circunstancias que  hacen cambiar tu trayectoria vital, tu valoración personal, o tus estrategias para afrontar un cambio. Está demostrado clínicamente, por ejemplo, en niños que han sufrido abusos sexuales o episodios muy traumáticos que el optimismo, el sentido del humor, y la autoestima son importantes herramientas de tratamiento.  Teniendo este ejemplo en cuenta, creo que la psicología positiva es un valor al alza que no debe despreciarse, porque va más allá de un simple manual de autoayuda, y porque si realmente se quiere actuar con inteligencia emocional no se puede desterrar el optimismo.

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