La Destrucción de lo de Todos

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Esto funciona de la siguiente manera (aplicable a INALSA, Televisiones Públicas, CACTS, Hospitales, etc…): Primero enchufamos a todo cristo, y con ello empezamos a tejer una buena red clientelar de la que sacar votos y favores. Usamos la empresa pública en cuestión para contratar servicios a varias veces su precio de mercado. La red clientelar sigue aumentando. Facturamos a nombre de la empresa pública conceptos inexistentes y la usamos como bolsa particular con la que pagar fiestas, campañas del partido, juergas, publicidad en medios de comunicación, cenas y todo tipo de lujos.

Al final, cuando debido a lo enumerado arriba la empresa pública en cuestión se vuelve deficitaria y completamente inviable, comenzamos el proceso de privatización, del cual también procuramos sacar tajada. Al final un grupo selecto de empresarios se queda con lo que en su momento fue, o pudo ser, una empresa pública prometedora y rentable, y los ciudadanos pierden un servicio público, que pasa a ser privado y por tanto solo disponible para quien puede pagarlo, un servicio además ya no enfocado a satisfacer necesidades ciudadanas, si no a obtener rendimiento económico, o sea beneficios empresariales.

Así, de esta sencilla forma, se desmantela lo público, por culpa de políticos corruptos y mafiosos votados por ciudadanos adscritos a una red clientelar condenada a la insostenibilidad, o bien desinformados o bien sectarios. Ciudadanos que malvenden su elección por cuatro garbanzos mal contados, la promesa de un rostro sonriente en un cartel o el seguidismo hacia unas siglas como quien sigue a un equipo de fútbol.

Votar debería ser un acto de responsabilidad, obrado desde el conocimiento de las diferentes opciones y el sentido del bien común, teniendo en todo momento en cuenta lo mucho que hay en juego para todos. Sin embargo, es un acto frívolo, no meditado, e incluso ignorado por quienes más argumentos tienen para cambiar las cosas.

Da la impresión de que mientras la única oportunidad de cambiar las cosas que se de a la ciudadanía sea votar cada cuatro años, los vándalos de lo público seguirán haciendo de las suyas, destruyendo todo a su paso y escribiendo leyes a su propia conveniencia, protegiéndose a sí mismos contra la protesta y el descontento. Sin embargo es necesario que rompamos esta dinámica viciosa y paremos los pies a los gamberros con corbata, porque como no lo hagamos nos llevan sin remedio al peor de los mundos posibles. Hemos de verles como lo que son: destructores insaciables, enfermizas sanguijuelas, virulentos parásitos, y tener en cuenta que si no acabamos con ellos, ellos acabarán con nosotros. Va siendo hora de abandonar flácidas posturas y colocarnos frente a ellos con determinación y arrojo, antes de que ya no haya nada que salvar.

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