Opinión · Usoa Ibarra
¿Qué hacer en un parque?
Por Usoa Ibarra ·
De la hemeroteca de Lanzarotelandia: publicado en 2011, hace 15 años. Lo mantenemos tal como salió; algunos datos pueden haber cambiado.
Me he enterado del programa “Caminar por Madrid 2011” y me ha parecido una idea tan simple como genial. Se trata de que personas adultas hagan deporte, con técnicos especialistas, a través de recorridos de hora y media por cinco parques de la capital española. A partir de aquí me he puesto a pensar en esos espacios urbanos abiertos que en ocasiones están tan poco mimados pese a ser el refugio al ruido y al vertiginoso ritmo de la ciudad. Los parques y jardines públicos de las ciudades no aparecieron hasta después de la revolución industrial cuando se pensó en dotar a la clase obrera de una mejor calidad de vida. La ausencia de espacios libres, de pulmones urbanos o el ansia coleccionista de especies autóctonas que pudieran constituir un patrimonio verde llevó a los ayuntamientos a diseñar estas zonas de esparcimiento. Dependiendo de la ciudad los parques han estado vinculados al embellecimiento, al fomento del deporte o a la reactivación de una zona degradada. E incluso su función estuvo a comienzos del siglo XIX vinculada a la moralidad de las personas (“La naturaleza es fuente de inspiración para un recto proceder”, dejó escrito el primer paisajista americano, A. J. Downing). Precisamente, el equilibrio dinámico entre naturaleza y cultura es el reto que persiguen muchos parques urbanos actuales, pero también, la posibilidad de dotar a personas con bajos recursos económicos de espacios agradables de recreo o a la tercera edad de circuitos biosaludables gratuitos. Los parques y jardines, y las actividades que en ellos se desarrollan, son una seña de identidad cultural de una ciudad, por eso sería interesante que se unieran los intereses de la comunidad con el de los poderes públicos, para que cada parque se ajuste a las necesidades de su población. Recuerdo cuando jugaba en los parques de mi pueblo y la de historias que nos inventábamos en ese espacio lleno de posibilidades, de luces y sombras. Ahora observo a los niños acotados en pequeños recintos inanimados, más parecidos a jaulas que a lugares abiertos a la exploración, haciendo cola para subirse al columpio, y me da pena que no tengan la oportunidad de seguir el recorrido de las hormigas para saber dónde está su “casita” o de jugar al escondite entre los árboles.
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